La Tierra del Hádico más temprano, hace aproximadamente 4.51–4.47 mil millones de años, aparece aquí como un mundo casi enteramente fundido tras el impacto gigante que formó la Luna: un océano global de magma silicatado blanco‑amarillo en su centro, pasando a rojos oscuros y bordes de costra basáltica negra quebrada en enormes balsas. Bajo un cielo denso de vapor de roca, dióxido de carbono, vapor de agua y gases sulfurosos, esas placas máficas recién solidificadas se fracturan y se hunden de nuevo en el fundido, mientras una Luna joven, mucho más cercana y grande que la actual, domina el horizonte. No existían continentes, océanos estables ni vida; lo que vemos es un planeta en construcción, modelado por mares ultramáficos‑basálticos incandescentes, impactos recientes y una atmósfera abrasadora y opaca.
Bajo nubes colosales de vapor gris carbón, una lluvia torrencial golpea una llanura basáltica negra y estéril, donde grietas incandescentes, fumarolas y bloques de brecha de impacto del tamaño de una casa revelan una Tierra todavía en construcción. La escena representa el Hádico, hace aproximadamente 4.4–4.3 mil millones de años, cuando el planeta pasaba de un océano global de magma a una corteza máfica temprana con agua líquida intermitente bajo una atmósfera anóxica rica en vapor, CO₂ y N₂. No aparecen plantas, animales ni microbios confirmados: solo roca volcánica fresca, vidrio volcánico y cicatrices de bombardeo intenso, en un mundo previo a cualquier ecosistema conocido.
Hace entre 4.4 y 4.1 mil millones de años, la costa de la Tierra Hádica habría parecido así: acantilados negros de basalto almohadillado recién enfriado, pequeñas protomazas continentales claras de tipo tonalita–trondhjemita–granodiorita (TTG) y un oleaje gris verdoso, rico en hierro, golpeando bajo un cielo anaranjado cargado de vapor y gases volcánicos. No había suelo, plantas, animales ni arrecifes; el planeta seguía perdiendo calor, con fumarolas, lavas submarinas y mareas probablemente intensificadas por una Luna joven que se veía más grande en el cielo. Aunque no se conocen fósiles seguros de este intervalo, estos litorales estériles y los sistemas hidrotermales asociados pudieron ser algunos de los escenarios químicos donde comenzó la larga historia de la habitabilidad terrestre.
Bajo un océano anóxico de tono verde negruzco, la lava basáltica brota por una fisura del fondo marino y se enfría casi al instante en almohadas volcánicas redondeadas de 1 a 3 metros de diámetro, con cortezas negras vidriosas y grietas aún incandescentes. Esta escena representa la Tierra del Hádico tardío, hace aproximadamente 4.4–4.0 mil millones de años, cuando la corteza máfica era inestable, los mares estaban cargados de sílice y hierro disuelto, y penachos hidrotermales rojizos ascendían en la oscuridad mineral. No había animales, plantas ni arrecifes: solo roca volcánica, brechas e hialoclastitas formadas por el choque entre magma y agua, en un planeta joven donde procesos como estas erupciones submarinas ayudaban a construir la primera corteza oceánica.
En el Hádico tardío, hace aproximadamente entre 4.400 y 4.000 millones de años, los fondos oceánicos de la Tierra estaban salpicados por campos de respiraderos hidrotermales como este, donde altas chimeneas de sulfuros negros y pálidas agujas alcalinas expulsaban fluidos oscuros y lechosos a un mar profundo, anóxico y sin animales. El paisaje muestra una corteza oceánica joven de peridotita serpentinizada y basaltos almohadillados, fracturada por el calor interno de un planeta aún muy activo. No había peces, corales ni ninguna vida macroscópica: solo roca, agua y química intensa, en entornos que muchos científicos consideran posibles escenarios para la química prebiótica y quizá para los primeros pasos hacia la vida.
Un gran asteroide rocoso irrumpe en el océano primitivo de la Tierra hadeica, hace aproximadamente 4.4–4.1 mil millones de años, levantando una deslumbrante bola de fuego, un anillo colosal de vapor y roca fundida, y tsunamis concéntricos que avanzan hacia pequeñas islas volcánicas de basalto. En esta época, nuestro planeta estaba cubierto por una corteza máfica a ultramáfica inestable, bajo una atmósfera sin oxígeno rica en vapor de agua, CO₂ y gases volcánicos, mientras los impactos eran todavía frecuentes. No había continentes, plantas ni animales: solo mares oscuros cargados de minerales, volcanismo intenso y la energía brutal de un mundo aún en construcción.
Hace entre 4.200 y 4.000 millones de años, en el Hádico tardío, las costas de un archipiélago volcánico estaban cubiertas por charcas de marea poco profundas que se teñían de rojo anaranjado por óxidos de hierro, de amarillo por azufre y de blanco por sílice evaporada sobre basaltos negros recién enfriados. No es una escena de vida, sino de química prebiótica: un mundo sin plantas, animales ni microbios confirmados, donde el agua marina rica en hierro, el calor geotérmico, los gases volcánicos y las mareas extremas —impulsadas por una Luna mucho más cercana— inundaban y secaban repetidamente estos estanques. Entre lavas almohadilladas, fumarolas y arena volcánica negra, la Tierra aparece como un planeta todavía en construcción, con una atmósfera sin oxígeno dominada por vapor, CO₂ y nitrógeno.